PERIODICO EL PUBLICO

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lunes, 3 de enero de 2011

                   “Y por qué no creer en el amor? Y por qué no en la inutilidad del arte para combatir la muerte pero sí para soportar la vida?”
De: Jorge Eliécer Pardo
Para empezar, ustedes y yo tenemos la suerte de estar vivos. En un país donde morirse de viejos es un privilegio, otro milagro para compartir hoy aquí es haber sobrevivido. Basta con mirar despacio la historia de Colombia para darnos cuenta de que este estigma viene desde los tiempos arrasadores de La Conquista. Desde entonces los que sobrevivimos aprendemos a estar en el hilo de la muerte. Porque como reza el dicho popular, para morirnos sólo necesitamos estar vivos y, podríamos agregar, que para morir más fácil, sólo necesitamos nacer en Colombia. Triste pero dolorosamente real. Hace años, un eminente intelectual de nuestro país dijo que el colombiano es: biológicamente débil, fácilmente fatigable, más emprendedor que resistente, más alborotado que interesado en el conocimiento, más intuitivo y fantástico que inteligente, salta de una vez a las cumbres, más emotivo que pasional, más vanidoso que generoso, inconstante, imprudente, improvisador e iluso, adicto al licor. Estigmatizados como brutos y atrasados. Y Borges manifestó que ser colombiano es un acto de fe. Y otros han dicho que somos biológicamente crueles y violentos. Que provenimos de razas indígenas beligerantes y asesinas, que estamos preparados para matar. Yo no lo creo porque si somos todo eso es porque tenemos en nosotros una cultura heredada de quienes han formado y manejado el país. La religión nos sembró el temor con la cruz y la espada mientras el español nos espoleó con sus armas de fuego. Los pijaos, indígenas del Tolima, por ejemplo, al mando del cacique Calarcá, prefirieron exterminarse antes que entregarse al invasor. Así muchas historias que a veces se convierten en leyendas. Los letrados o alfabetos encabezaron las guerras de independencia y en las guerras civiles, los señores feudales formaban sus propios ejércitos con peones y jornaleros de sus haciendas para tomarse el poder local o nacional. En medio de las contiendas, los colombianos del siglo XIX se formaban en las filas del patrón y afilaban el machete para defender lo que no les pertenecía. Porque los colonizadores tumbaron monte con sus hacheros para dar progreso al país apropiándose de las tierras mientras la iglesia hacía lo mismo con los ejidos y los que después llamarían bienes de manos muertas. Así se forma la clase que luego propiciará las guerras y formará a sus peones soldados, peones combatientes en el odio esgrimiendo la militancia en partidos políticos que los libertadores incentivaron pero que después los propietarios normatizaron y establecieron para organizar mejor el poder desde la fachada de la democracia. Y todavía se oyen historias, muchos de nosotros alcanzamos a vivirlas, donde más de 300.000 colombianos se dieron machete y plomo en la violencia de los años 50s. Y crece la audiencia de los dolientes medio siglo después cuando se moderniza la técnica de la muerte en los países desarrollados y nuestros gobernantes se equipan para ejercer con mayor propiedad y menos riesgo de ser derrotados. Y el indefenso hombre ve cómo la muerte campea y la memoria se borra porque morir es tan común como vivir. La cultura de la guerra como la del dinero fácil nos ha hecho como somos. Y el juicio de la historia que tantas sociedades más civilizados le hacen a los asesinos instructores de la muerte, en Colombia no llega. Me duele saber que personajes de la historia más reciente del país, tienen voz y voto y veto cuando en sus pesadillos los centenares de muertos evitables pasan por sus noches negras mientras en los días se pasean por los salones de la cultura hablando de humanismo y poesía. Irrespeto no sólo con la memoria histórica sino con la vida y con los dolientes, que somos todos los que aún nos queda por lo menos vergüenza. Ojalá llegue un día en el que nuevas generaciones de colombianos, sin venganzas ni rencores (como los tenemos ahora) propicien el juicio de responsabilidades a esos hacedores de la violencia. No para condenarlos a prisión sino al olvido, al silencio y al desprecio. Por eso, hablar de la vida nos saca de muy adentro las ganas de dar ese grito que seguramente nos lo ahogarán con los métodos que persuasiva o directamente ejercen los que hacen parte del ejercicio de la muerte. El hombre podrá ser derrotado pero jamás vencido en su esencia. Hay algo que alimenta la esperanza, que aviva el sentimiento de saber que estando vivos podemos disfrutar lo poco que nos dejan. Es el arte y el humanismo, las utopías que nos quedan. Los sueños que no pueden borrarnos como los otros que tuvieron nuestros padres y abuelos. Sabemos que la educación y el trabajo, la dignidad y el respeto están perdidos por ahora, pero hay un refugio, que representa la vida, la paz, la convivencia. Creo en eso para los que vendrán y creo que la mejor forma de ganarnos la hilacha de vida que nos permiten, es contando a los otros sobrevivientes lo que nos avergüenza y no queremos que se repita. Y por qué no creer en el amor? Y por qué no en la inutilidad del arte para combatir la muerte pero sí para soportar la vida? Los educadores, los artistas tenemos la obligación de aprender a sobrevivir con el arte y el humanismo. Con el arte de la naturaleza (que también nos arrebatan), no sólo con el arte que compramos sino con el arte que hacemos y que vemos a diario si aprendemos a mirar. No creo en la guerra y sí en que la muerte es una mentira cuando hemos vivido bien. Y vivir bien es compartir ese trozo de existencia con ese relativo amor que no nos han enseñado pero que nos lo apropiamos como el aire, todavía.
Necesito la vida, y la de ustedes para poder llorar no de dolor sino de alegría abrazando a los que amamos y creyendo que a pesar de los 500 años o más de dolor, el hombre (y debemos contarnos) es el ave fénix desde el pequeño mundo de cada uno que podrá. más allá del tiempo, formar el vuelo de la libertad.
Este artículo lo encontró en algún lado mi hijo Diego. Me lo envió a mi correo con un Feliz Año y dándole gracias a Dios por su padre es "Un sobreviviente". No he pedido permiso para publicarlo.  Sé que Pardo no se va a enojar por el abuso porque él es también un buen sobrevivientes .

Sancocho de ácido, carbón y mercurio...
Por: JUAN GOSSAÍN / CARTAGENA DE INDIAS  06 de Diciembre del 2010 / El Tiempo
"El alcatraz que vuela entre mis sueños lleva en su enorme pico una quimera..." (Walt Whitman, Hojas de hierba). 

Una mañana de mayo pasado, los viejos madrugadores del pueblo de Marytown, perdido en las costas que bordean el sudeste de los Estados Unidos, se levantaron como todos los días a echarles unas migajas de pan a los pájaros marinos que merodean con mansedumbre por los patios y que se han ido convirtiendo en sus amigos.

Lo que vieron los dejó espantados: las gaviotas de cabeza negra, que son tan bellas, también tenían negro el plumaje. Del pico les goteaba una mancha babosa. No podían levantar el vuelo de la arena, con las patas hundidas en una masa de chapapote pastoso, como el asfalto cuando se derrite. Una de las gaviotas miró a la gente pidiendo ayuda.

Según cuentan los testigos, más allá de la playa, cerca del río, tres garzas morenas habían muerto con los ojos despepitados. El guiso espantoso que navegaba corriente abajo, matando todo lo que se le atravesara, era la mezcolanza de petróleo crudo de la empresa British, que cayó pocos días antes a las aguas del Golfo de México.

A esa misma hora los alcatraces de la bahía de Santa Marta, al norte de Colombia, desayunaban su ración cotidiana de buñuelos de carbón. El periodista Antonio José Caballero, grabadora en mano, esperaba en la playa el regreso de los pescadores que habían salido a trabajar temprano. Mientras aguardaba, la cámara de su teléfono celular retrató la pala enorme de un barco carbonero que arrojaba al mar el polvo negro que sobró en las bodegas.

A esa misma hora, en las playas legendarias de Juanchaco y Ladrilleros, cerca de Buenaventura, los lancheros de cabotaje que llevan carga y pasajeros por los pueblos que se arraciman en las orillas del Pacífico limpiaban sus motores preparándose para un nuevo día de trabajo. Como si fuera la cosa más natural del mundo, arrojaban al mar el contenido de unos tanques repletos de residuos de gasolina, queroseno y diésel. Un langostino magnífico, que medía un jeme, iniciaba el día tomándose su primera taza de combustible. Cuando vi la fotografía en El País de Cali me dieron ganas de echarme a llorar.

A esa misma hora, en la zona industrial de Cartagena de Indias, abierta sobre la bahía del Caribe resplandeciente, los trabajadores de una compañía empacadora se sentaron a desayunar en los comedores de su empresa. En ese momento volvieron a ver, como venía sucediendo en las mañanas más recientes, que una nata de tizne cubría la superficie del café con leche, y que una mermelada negra, tan semejante al betún de limpiar zapatos, se había pegado al pan y al queso blanco.

Entonces, no aguantaron más. Se levantaron todos, sin que nadie los hubiera convocado, y comenzaron a golpear los platos contra los mesones. La algarabía se oyó en media ciudad. Las autoridades ambientales ordenaron el cierre de un muelle vecino, que se dedica a cargar carbón a cielo raso, sin mayores precauciones ni cuidados, sin tubos cerrados ni conductores protegidos. Seis días después el muelle fue reabierto.

A esa misma hora, en la región acuática de La Mojana, que cubre un gigantesco territorio húmedo de los departamentos de Bolívar, Sucre y Antioquia, bajaban resoplando los ríos Cauca y san Jorge, que se desbordan en caños y ciénagas. El apóstol Ordóñez Sampayo, que se ha gastado la vida defendiendo de la contaminación a campesinos, cosechas y animales, apareció en la plaza de Guaranda con el dictamen médico en la mano: los doctores certificaban que los tres niños que nacieron deformes tenían mercurio en el sistema sanguíneo.

El terrible mal de Minata, como lo saben los japoneses, porque las empresas en cualquier parte del mundo, en Tokio o en Majagual, arrojan porquerías químicas a las corrientes, y primero se pudren las aguas, y después nacen degenerados los peces y los camarones, y después nacen sin ojos los niños cuyas madres, en aquellos caseríos extraviados de la mano de Dios, consumen esa agua y esos pescados.

En las cabeceras de ambos ríos, las compañías mineras, que buscan oro entre la tierra, hacen sus excavaciones con un sancocho de mercurio y ácidos. Arroyos y acequias se llevan el mazacote. Los bocachicos mueren con la boca abierta en los playones. Las espigas de arroz no volvieron a crecer.

En medio del desastre causado por las inundaciones, y como si fuera poco, las yucas harinosas de antes florecen ahora con un hongo químico a manera de cresta. El hambre campea entre los pocos ranchos que no se ha llevado el invierno. Las emanaciones de las lagunas huelen a lo mismo que huele un laboratorio de detergentes.

Hay que decir, también, que los empresarios mineros se defienden diciendo que Ordóñez Sampayo está loco. Claro que está loco: ningún hombre cuerdo expone su pellejo ni dedica su vida entera a defender a un ruiseñor, una mojarra, un plátano pintón, una mazorca de maíz o a una mujer embarazada que carga un fenómeno en el vientre.

Epílogo

Aquella mañana, cuando los pescadores de Santa Marta regresaron a la playa, el periodista Caballero los acompañó en su tarea de descamar y abrirles el buche a los escasos pescados que traían.

-¿Qué es eso? -preguntó, intrigado, al ver unas bolas negras en el estómago de un bagre.

-Carbón, amigo -le contestó uno de ellos, levantando el animal-. Pelotas de carbón. Eso es lo que comen ahora.

Caballero tomó más fotografías y se las llevó a algunos funcionarios de la industria carbonera.

-No se preocupe -le contestó el gerente-. Vamos a construir un nuevo muelle de última generación.

-No lo dudo -dijo el reportero, con una mueca de dolor que parecía sonrisa-. No lo dudo: será la última generación.

El día que Caballero me contó esa historia, y me enseñó sus fotografías, ya no sentí ganas de echarme a llorar, como la vez aquella del langostino bañado en combustible. Lo que sentí ahora fue rabia. Cuando ya no quede una sola hoja de acacia, cuando el último pulpo haya muerto atragantado con ácido sulfúrico y cuando nuestros nietos nazcan con un tumor de carbón endurecido en la barriga, entonces será demasiado tarde. Dispondremos de computadores infrarrojos de última generación, pero ya no habrá agua para beber; los celulares de rayos láser se podrán comprar en las boticas, pero el sol no volverá a salir; los niños encontrarán el algoritmo de 28 a la quinta potencia con solo cerrar los ojos, pero dentro de 20 años no sabrán de qué color era una golondrina.

Los invito a todos a ponerse de pie antes de que se marchite el último pétalo. Usen el arma prodigiosa del Internet para protestar. Hagan oír su voz. Que el correo electrónico de los colombianos sirva para algo más que mandar chistes y felicitaciones de cumpleaños. Porque, si seguimos así, el día menos pensado no quedará nadie que cumpla años. Ni quién envíe felicitaciones.
Publicado por sugerencia de Fernando Varón Palomino.