PERIODICO EL PUBLICO

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martes, 9 de noviembre de 2010

La Patricia que yo conocí: 
María del Pilar Rocha

Era una niña preciosa, rubia, de modales finos y una suavidad en su voz y en sus movimientos que la convertían casi en una infanta de los cuentos. Era hija del coronel José María Dimas Castilla, de los mismos Castilla del Chaparral de los grandes y de Belencita Cuellar Durán, prestante dama de la sociedad huilense.  

En sus primeros años de juventud, su  belleza, don de gentes y compostura, le abrieron paso para representar a nuestro Tolima. La perdí un tiempo de vista por mi matrimonio y mi ausencia de Ibagué, pero la volví a encontrar cuando a ella y a mí la vida nos había cambiado en tantas cosas, unas buenas y otras no. 

Ella estaba recién casada y con un niño precioso, Felipe. Unos años más tarde se separó del padre del niño y la volví a ver a mi regreso de Bogotá donde trabajé unos años y viví en compañía de mis hijos, pues hacía bastante yo había quedado viuda. La encontré muy linda y serena, piadosa, luchadora para conseguir su sustento cada día teniendo en cuenta una buena relación con su ex esposo, quien siempre ha estado pendiente y al lado de su hijo. Conocí de Patricia lo que mucha gente no tuvo la oportunidad de ver de cerca: su nobleza, su mano tendida en la amistad, su compañerismo en el trabajo, su orden y distinción en su pequeño hábitat y su afecto inmenso por su madre y hermanos. 

Luego de un brote de mi enfermedad que en muchos momentos me limita físicamente, se convirtió Patricia en mi acompañante, amiga y compañera, dándome su presencia y su alegría, seguridad y afecto que fue ayuda inminente para mi recuperación. Ella se sumó solícitamente al gran número de personas que siempre han estado a mi alrededor, sobretodo en  mis momentos difíciles. En el trayecto de su casa al trabajo, su figura confirmaba una vez más la belleza de la mujer Ibaguereña que ella, sin haber nacido en la ciudad, su presencia desde muy joven ya la hizo hija de Ibagué.

  La vida nos volvió a separar y yo vine a España a vivir.  Un día, la tecnología moderna nos volvió a contactar. La sentí jovial, madura, sabiendo lo que ya era su vida y feliz con su hijo que para ese entonces ya terminaba su carrera de arquitecto. Me contó de su familia y de su trabajo en el Instituto de Cultura que hacía con mucho agrado, pues su sensibilidad siempre la acercó a la cultura. Más piadosa y creyente que  nunca, herencia de su madre, me mandaba  desde ese reencuentro mensajes para fortalecer el alma, nos reíamos de anécdotas picarescas en nuestra vida pasada y la recordé alegre y disfrutando en las reuniones en las cuales  jamás perdió su compostura, su porte distinguido y su manera de ser educada y  discreta.

Un día se comunicó conmigo por teléfono y me djo muy serena: “...Mapicita, rece mucho por mí, voy a morir pronto, tengo cáncer.  Si habla con mis hermanas, no les diga  nada".  Habíamos hablado antes, luego de una cirugía que le hicieron, y que  aunque era grave, parecía que saldría adelante. Hoy me duele su dolor, por pensar en su hijito y familia, pero su fe en Dios y la Santísima Virgen le dio una gran fortaleza. 

Benditos los que físicamente la pudieron acompañar. ¡Cómo me hubiera gustado coger sus manos como cuando era pequeñita!Así la recordaré siempre, linda, dulce y buena. 

Esta es... la Patricia que yo conocí.

Un gran abrazo para Felipe a quien yo le contaba cuentos y cantaba canciones, para sus hermanos y toda la familia. Me uno a todos quienes fuimos sus amigos en este momento de dolor. 

Mapy

España Alcanar,   9 de Noviembre de 2.010.